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30/04/08

EL CORREDOR


-Uno…, dos…, tres…, ya.
Este era su punto de partida, el inicio de su final. Tenía que correr, correr y correr hasta el final, un final que él no sabía dónde se encontraba, pero que tenía que llegar. Su vida dependía de ello, única y exclusivamente de ello: de correr. Cuanto más corriera, cuanto más espacio interpusiera entre el ya inicial y el final, mucho mejor. Pero andaba perdido, nadie le había dicho por dónde debía ir y qué es lo que se podía encontrar por el camino, ni siquiera sabía cuál era el camino. Pero no le importaba, ¿o sí?, no lo sabía, pero en su mente sólo había un pensamiento, correr: correr es la vida. Y corría y corría sin cansarse apenas: uno, dos; uno, dos; inspiración, expiración; inspiración, expiración; izquierda… izquierda… izquierda, derecha, izquierda. Correr, correr, correr…
“Corre muchacho ya, no te detengas más. La noche caerá, el día llegará…” Así sonaba la canción de Orzowei, allá por el año… uf! Correr, correr y correr: correr es la vida. Correr por un lugar insólito, desconocido, un lugar en donde no hay nada, vacío, monótono. Necesita un estímulo para seguir corriendo, para seguir viviendo; y el pobre no sabe nada.
De repente sobre el horizonte se eleva una montaña, puntiaguda, con la cumbre nevada y un bosque verde en su base. A sus pies van apareciendo pequeñas manchas verdes que le dan a entender que el desierto se va quedando atrás. Por fin una alegría en su miserable vida. “Pero qué haces, no te pares, corre… insensato” Correr, correr: correr es la vida.
“Con los dedos de una mano voy contando los minutos, con los dedos de una mano voy contando los segundos” decía una canción de Azul y Negro que sirvió de sintonía para la Vuelta Ciclista a España. Correr, y correr. Mucha gente corre para vivir, mucha gente corre para sentirse viva. Correr es la vida.
Aromas extraños llegaban a su olfato, pero no podía parar para tratar de identificar de dónde procedían. No podía dejar de correr. Correr era el motivo de su existencia. Había nacido para correr, y sólo mientras corría estaba vivo. Y lo peor de todo es que no lo sabía. ¿Llegaría a descubrirlo?
Ahora tiene sed, mucha sed, pero no puede parar de correr. Pero si no bebe se puede deshidratar, aunque en ningún momento se ha dicho que sudara. Pero sí, ahora suda, suda mucho, hace mucho calor. Pero los hay con suerte. Por el oeste se levanta una nube negra que llega rauda hacia nuestro corredor que con la lengua seca como el esparto se esfuerza en seguir adelante. Desea con todas sus fuerzas que esa nube que se acerca veloz descargue algunas gotas de agua que consigan aplacar la sed atroz que en estos momentos está a punto de hacerle desfallecer. Pero dicen que la fe mueve montañas, y hace llover también. Y mientras corre, porque no olvida que correr es su vida, de la nube empiezan a caer grandes goterones de agua que él va recogiendo con la boca abierta hacia el cielo; pero todo no puede ser tan bonito, y de repente empiezan a caer piedras de hielo del tamaño de un huevo de paloma… Y ningún sitio donde poderse esconder. “Bueno, piensa, al menos no son como los huevos de avestruz” Pero podrían ser, y mira tú por donde empiezan a caer granizos del tamaño de un huevo de avestruz. ¡Cuidado!, que si te da uno en la cabeza, te puede matar. Afortunadamente caen muy distanciados unos de otros, pero nuestro corredor se las ve y se las desea para esquivarlos. Correr, correr: correr es vivir y vivirá mientras corra.
Y sigue sin darse cuenta. Ha acabado de llover y el suelo se ha convertido en un barrizal. Se hunde hasta casi los tobillos, pero el sigue corriendo, siempre hacia delante, por desgracia ahora no puede avanzar tanto, pero cada paso que da significa un poco más de vida. De repente el sol sale de detrás de la nube y seca el barro al instante. Qué alivio para nuestro corredor, ahora correr es mucho más fácil sobre la tierra seca.
Un momento, mira hacia arriba, busca, corre y busca. Busca algo. Parece que se va dando cuenta.
Perdonen, me llaman. ¿Cómo? Voy. Tengo que irme a cenar.
“¡Cuidado corredor con esos arbustos. Debes saltarlos!”
-Y un huevo.
Vaya se ha dado cuenta.
“¡¡¡Salta!!!”
-¡¡¡No!!!
“¡¡¡Sáltalos ahora!!!
-¡¡¡Hijo de putaaaaaaaa!!!!
“Siento que detrás de los arbustos hubiera un barranco muy profundo.”

11/07/07

EL INFIERNO PUEDE ESPERAR

Al hilo de algunos comentarios que se han hecho en la entrada anterior, publico un cuento que escribí hace ya algunos años. Espero que les guste.


Cuando abrió los ojos y la vio allí sentada al pie de la cama no se asustó, ni siquiera se extrañó, la estaba esperando desde hacía algún tiempo, y ya pensaba que se había olvidado de él. Era tal y como se la había imaginado, o más bien, como la había visto en mil y un grabados, tanto antiguos como modernos. En ese momento pensó si su aspecto era ese porque sí, o si los hombres la habían pintado así por representarla de alguna manera y ella había adoptado esa apariencia porque los hombres así lo habían decidido. Llevaba un hábito negro, casi gris por el paso del tiempo, viejo y roído. La capucha era muy grande y desde donde él estaba no conseguía verle la cara. Tampoco podía verle las manos, pues las mangas eran muy largas y anchas y ocultaban todo el brazo, aunque no cabían dudas de que era ella, pues con la mano derecha sujetaba una guadaña cuyo filo resplandecía por el reflejo de la luz de la pequeña lámpara de la mesita.

Estaba tranquilo. No tenía miedo, sólo cuando ella lo miró y consiguió verle el rostro, le recorrió un escalofrío desde la cabeza hasta los pies que le erizó el pelo de allí por donde pasaba. Las cuencas de los ojos eran como un agujero negro que no tiene principio ni fin, y le absorbían con su mirada queriéndoselo tragar allí mismo. La sonrisa eterna parecía que le estuviese pidiendo disculpas por lo que iba a suceder y la falta de uno de sus dientes le daba un aspecto tan tragicómico que estuvo a punto de provocarle una carcajada, pero se contuvo, en estos momentos tan serios no podía perder la compostura...

No sabía bien por qué, en ese instante cambió de parecer. Se le esfumaron las ganas de irse y decidió esperar un poco más, bastante más, aquel ser le había causado una mala impresión, mirándolo bien, incluso repugnancia, no le resultaba grata la compañía y no sería buen acompañante en tan largo viaje. Por tanto era mejor quedarse: cuanto más tiempo mejor.

- ¿Estás preparado? –le dijo el extraño personaje.
- Lo estaba, pero me lo he pensado mejor –respondió.
- Ja, ja, ja. Tienes miedo, todos lo tienen, es normal, no te preocupes.
- ¿Miedo? No, simplemente no tengo prisa.
- Pero yo sí y no puedo perder el tiempo, tengo mucho trabajo.
La voz del extraño sonaba hueca y retumbaba en sus oídos como si se encontrara en el interior de una gruta, y lo más curioso era que la voz procedía de todos los puntos de la habitación y de ninguno en concreto. Lo cierto era que no movía la boca para hablar.
- ¿De dónde vienes?- Tenía clara la estrategia. Debía prolongar al máximo la estancia de aquel ser en su habitación hasta conseguir que se desesperara. El tiempo en esos momentos corría a su favor y por lo tanto debía aprovecharlo.
- Qué más da. De muchos lugares a la vez.
- ¿Puedes estar en más de un lugar al mismo tiempo? ¿Tienes el don de la ubicuidad?
- La lista ya está hecha, yo sólo tengo que seguirla. A veces hay más de uno en el mismo renglón y me tengo que multiplicar –contestó con desgana.
- Pero si en vez de dos por ejemplo hay mil...
- Pues entonces me multiplico por mil. ¡Vámonos!
Lo estaba consiguiendo, sabía que se estaba desesperando. Había elegido el buen camino y debía perseverar y seguirlo.
- No te pongas así, gracias a mí, mucha gente va a tener un ratito más. Incluso por ese pequeño instante más de alguien importante, podría cambiar la historia.
- La historia ya está escrita, ni siquiera una hora o un día más conseguirían cambiarla. Los acontecimientos se suceden según un orden lógico establecido de antemano. El que quiera salirse de él está condenado a morir en vida.
La voz sonó serena, suave, casi resignada. De repente se levantó. El colchón de la cama no recuperó su forma anterior, sencillamente porque aquel ser, al sentarse, no lo había deformado. Su altura era prominente, mediría más de dos metros, y la capucha rozaba el techo de la habitación. La guadaña la llevaba inclinada como si estuviese presentado armas al mismísimo diablo.
- ¿Ese orden lógico lo establece Dios?
- Dios no existe.
- Cómo que no existe, entonces tú para quien trabajas ¿Para el diablo acaso? –Al decir esto se estremeció y vio como le clavaba las cuencas vacías en sus ojos. Por el diente mellado expulsó un aire viciado que olía a putrefacción al mismo tiempo que el hábito que lo cubría se encogía.
- ¡Tenemos que irnos, tengo mucha prisa!
- ¡Yo no voy, me quedo! –Se quedó impresionado por el arrojo y el aplomo que había tenido al pronunciar esa frase. “Alea jacta est” pensó.
- Ja, ja, ja... Te he dicho que alterar la lista te puede acarrear consecuencias muy graves.
- Es igual me arriesgaré –contestó.
- Muy bien, tú mismo. Ahora tengo que irme. Cuando quieras algo: llámame.
- Puedes irte tranquila, espero tardar mucho en volverte a ver. –El corazón le latía con fuerza y se le cortaba la respiración. Lo estaba consiguiendo. Sí, se iba a ir sin él.
- Hasta pronto.
- Hasta muy tarde, ja, ja, ja... Por cierto, ¿dónde vas ahora?
- No creo que quieras saberlo.
- Por favor, es simple curiosidad. –Insistió.
- Voy a recoger a dos jóvenes que han tenido un accidente de tráfico. Iban a excesiva velocidad y se han salido en una curva.
- Pobrecitos. No se debe correr con el coche, es muy peligroso. –Dijo con cierta jovialidad. Estaba eufórico.
- Iban tan deprisa porque les habían llamado por teléfono diciéndoles que su padre estaba a punto de morir, aunque al final su padre se ha salvado.
- Qué lástima. Total por una falsa alarma. –Dijo con cierto cinismo.
- Eran tus dos hijos que venían a verte... –Y desapareció.

3/05/07

NOS VEMOS EN EL INFIERNO


Eran las diez de la noche y Benedicto estaba muy cansado. La carga que Dios había colocado sobre su espalda era muy pesada, y él ya era viejo para una tarea tan ardua, pero aún así la llevaba con dignidad y dedicación. Como todas las noches antes de acostarse a dormir, se dirigió a su capilla privada y se arrodilló en el reclinatorio frente a un crucifijo de plata y un busto de bronce con la imagen de su predecesor. La llama eterna de un cirio rojo situado a los pies de la cruz se agitaba inquieta sobre la mecha que la alimentaba como si hubiera en la habitación una corriente de aire. Pero la cámara estaba herméticamente cerrada y sólo la respiración agitada del anciano removía la espesa atmósfera de la capilla.
Benedicto una vez arrodillado cruzó las manos y cerrando los ojos empezó a orar. Su primera oración fue un padrenuestro y seguidamente pasó a saludar a su predecesor y a darle las gracias por ayudarle en sus tareas diarias. Entonces en el interior de su alma escuchó las palabras del Padre Santo, que como todas las noches desde que pasó a ocupar un lugar en la derecha de Dios Padre, le saludaba:
- Buenas noches hijo mío, alabado sea Dios.
- Buenas noches Padre, sea por siempre alabado –contestó sumiso Benedicto.
-¡Qué has hecho insensato! –le espetó así, sin más preámbulos, el Santo Padre.
Benedicto se quedó helado, jamás en sus más de treinta años de amistad y colaboración le había reprendido de una forma tan directa. En los últimos años de vida de su predecesor, Benedicto había sido algo más que un leal servidor; se había encargado de organizar la agenda del Santo Padre, había tenido que torear con los escándalos que surgían como hongos por todas las partes del orbe católico para que el sucesor de Pedro no se viera salpicado por ninguno de ellos… Pero también había dedicado mucho esfuerzo y dedicación a tejer una red que le garantizara la sucesión el día que Dios Todopoderoso llamara a filas a Su Santidad para que le ayudara a gobernar mejor a su rebaño ¿Le habría puesto al corriente el Gran Hacedor de las artimañas que había utilizado para alcanzar el trono de San Pedro? Pero gracias a su habilidad y mano izquierda ¿no había tenido Juan Pablo II el reinado de Dios en la tierra más fructífero de la historia? ¿No era él el que saltándose el derecho canónico y las leyes de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, de la cual ahora era el máximo dirigente, estaba promocionando la subida a los altares en un tiempo récord de Su Santidad Juan Pablo II? Entonces ¿a qué venía este exabrupto?
-Perdone Su Santidad, pero… no entiendo.
-Cómo que no entiendes. Vamos a ver ¿no dije yo que el cielo y el infierno no existían, que no eran un lugar al que se podía ir, sino que eran un estado del alma? –dijo excitado Wojtiwa.
-Sí así es, así lo determinó Su Excelentísima –repuso confuso Ratzinguer.
-¿Entonces? –replicó Juan Pablo.
-Mi Santo Padre perdóneme, pero sigo sin entender –Benedicto se removía incómodo en el reclinatorio, sus manos estaban sudadas y su cabeza buscaba con desesperación el motivo que hubiera disgustado tanto a su Maestro.
-No entiendo, no entiendo; –las palabras que llegaban de ultratumba retumbaban en su alma con un eco que amenazaba con prolongarse hasta la eternidad- yo te lo explicaré ¿no has dicho hoy ante una multitud que abarrotaba la Plaza de San Pedro que el Infierno SÍ que existe?
-Sí claro, así ha sido –con que era eso, menos mal, ya estaba yo pensando en otras cosas más… se tranquilizó Benedicto- La explicación es sencilla: he dicho que el Infierno existe para dar a entender que debe de haber un castigo material para todos aquellos que incumplen la Ley de Dios en contraposición a los que son temerosos y respetan los preceptos divinos.
-¡Pues la has cagado, imbécil! –dijo exasperado Juan Pablo II.
-¿Cómo? –la desesperación y la angustia se estaban apoderando del alma santa del Papa Benedicto XVI.
-Al crear el Infierno que yo había abolido… ¡Me has encerrado en él! ¡Te esperaréeee…!

21/04/07

SANGRE CALIENTE (II)

Entonces me dirigí hacia el coche que tenía aparcado cerca. Al sentarme en su interior noté una sensación extraña en la boca, la luz plateada de la luna llena se reflejaba en mi cara cuando me miré en el espejo del vehículo. Al abrir la boca vi complacido como me habían crecido de una forma desmesurada los dientes caninos.

16/04/07

SANGRE CALIENTE

El otro día paseaba por el campo y tras un ocaso que había teñido las nubes de rojo sangre, las sombras se iban apoderando del paisaje como una mancha de petróleo sobre el mar. Mientras, en el punto cardinal opuesto, una luna gigante y anaranjada se elevaba con parsimonia sobre el lejano mar. Los pájaros cantaban animosos buscando entre las ramas más escondidas de los naranjos un lugar donde poder pasar la noche a salvo de las posibles alimañas nocturnas. Pero había un pájaro que no cantaba alegre como los demás, sino que sus trinos se habían convertido en graznidos histéricos y alborotados que indicaban que algo no iba bien en el cálido crepúsculo primaveral. El pájaro en cuestión era un mirlo, negro y brillante como la obsidiana, que se movía ansioso entre las incipientes sombras intentando captar sobre él mi atención, o eso era lo que yo creía, cuando a un metro de mí pasó dando saltitos como alma que lleva el diablo una cosa negra que identifiqué como un pajarito, e inmediatamente detrás un gato enorme, que ignorando mi presencia se abalanzó sobre el pajarito. Los chillidos del ave acallaron los estridentes graznidos del resto de los de su especie y un silencio de muerte planeó por todo el campo. Mi reacción fue un acto reflejo, y como si me hubiesen dado con una maza en el centro de mi rodilla, le pegué una patada al gato que salió volando con el pajarito en la boca para aterrizar sobre las ramas de un naranjo. El maullido que soltó fue desgarrador y propició que de sus fauces cayera inerte el ave. El gato fue caer al suelo, después de pegarse dos golpes más en el árbol y desaparecer por siempre jamás. Me acerqué al pobre pájaro que yacía en el suelo boca arriba y lo cogí entre mis manos. Su madre continuaba volando cerca de mí chillando para que le devolviera lo que era suyo. Examiné al pajarillo y vi que tenía un ala rota por dos partes además de unos arañazos terribles. Su corazón le latía a cien por hora aunque estaba muerto y lo sabía. Hice con mis manos un hueco, como si fuese el nido donde había nacido y desde donde no debía de haber salido tan pronto, y acomodé al pajarillo con la intención de tranquilizarlo. Poco a poco las pulsaciones de su corazón, que notaba en la palma de mi mano, fueron ralentizándose hasta que al cabo de un rato parecía que el animal se hubiera relajado. La marea de sombras lo había impregnado todo y la luna llena, que en ese momento luchaba por desprenderse atenazada por unas telarañas de nubes, enviaba débiles destellos de luz plateada que se reflejaban en el oscuro ojo del animal que fijo en mí, me suplicaba que terminara de una vez por todas con aquella agonía insufrible. Lentamente acerqué el animal hacia mi rostro y suavemente le di un beso en la cabeza. Sus latidos en vez de acelerarse se ralentizaron y su suave cuerpecito se relajó. Entonces abrí la boca e introduje su pequeña cabecita en mi interior y abracé su cuello con mis dientes; apenas noté el crujido de sus tiernos huesecillos quebrarse entre los dientes y un líquido caliente y espeso corrió por la comisura de mis labios. El sabor de la sangre me excitó y con la lengua me limpié los labios sin que se perdiera ni una sola gota. Después con las manos cavé un hoyo bien profundo y deposité el cadáver del ave y lo cubrí con la fresca tierra. Cuando caminé unos pasos me di la vuelta y vi, iluminada por una luna por fin libre, a su madre que como una viejecita enlutada cantaba una especie de triste letanía sobre la tumba de su hijo…

15/04/07

AZUL

Cuando llegó al lugar del cual procedían los gritos se apoyó en una roca para recuperar el aliento, y es que la edad no perdona, a los ciento trece años, una ya no está para estos trotes. Miró alrededor buscando entre las demás rocas algo que se moviera; auscultó la zona y, nada, ningún ruido, Kalaa, el león, se había marchado, probablemente la había olido y sabía cómo se las gastaba la vieja. No hubiera sido su primer encuentro, ya la conocía de mucho, mucho tiempo atrás, eran dos viejos conocidos, incluso su abuelo ya le había hablado de ella. Era mejor abandonar el lugar, de todos modos la pieza tampoco valía mucho la pena. Sí, era carne tierna, pero su sabor era dulzón y demasiado suave para su gusto, pero habría sido tan fácil cobrarla. Y es que cada vez le era más difícil cazar, sus músculos se estaban atrofiando y su vista nublando, y los periodos de hambre cada vez eran más espaciosos. De todas formas era preferible huir.
Mekegale se acercó a la mujer, y a duras penas, aún jadeante, se arrodilló a su lado. Su rostro estaba desfigurado, la cabeza casi arrancada del tronco y es que el león la había arrastrado unos cien metros agarrada por el cuello. Estaba completamente desnuda y tenía el resto del cuerpo lleno de arañazos y magulladuras producidos por el ataque y el posterior arrastre. El león se debió precipitar sobre ella cuando se estaba lavando en la poza. Aunque viejo, aún estaba fuerte, pues la mujer era alta, corpulenta y además estaba en avanzado estado de gestación. Mekegale le acarició el cabello, estaba enredado y manchado con coágulos de sangre que se secaban muy deprisa a causa del sofocante calor, era suave y del color del trigo en verano. La miró a los ojos, jamás había visto unos ojos como aquellos, eran azules, intensos como el cielo del desierto, como el mar que ella no había visto nunca, agua hasta perderse de vista, le habían dicho, qué tontería, en el mundo no podía haber tanta agua, y además, al agua no era azul. Ella lo sabía, había visto llover una vez, estuvo un día entero lloviendo, cuando su madre, la curandera de la aldea, murió, y el agua no era azul, era marrón como la tierra que la vio nacer, marrón y amarilla, el mundo era marrón y amarillo, como el desierto en el que vivía, y había muy poca agua, y las personas eran de color negro, como sus ojos, entonces, ¿ por qué aquella criatura que se parecía tanto a cuando ella era joven tenía la piel blanca como la palma de sus manos y los ojos azules como el cielo? Demasiadas novedades para ciento trece años iguales. Agua azul hasta perderse de vista, qué tontería. Fundió la palma de su apergaminada mano con la suave frente de la mujer y cerró las ventanas que se abrían al mar azul.


Estaba cansada, había corrido mucho desde que oyera aquellos gritos desesperados, y ya no se podía hacer nada por aquella extraña mujer, por lo tanto decidió regresar a su cabaña. Con gran esfuerzo intentó incorporarse pero trastabilló y se apoyó en el vientre hinchado de la mujer para no caer. De repente lo vio. No podía dar crédito a sus ojos. Se pasó la seca lengua por los agrietados labios, se frotó los ojos y los clavó en el mismo lugar. Pasaron unos segundos que parecieron toda una vida, y entonces ocurrió de nuevo. Mekegale levantó los brazos y la vista hacia el cielo recitando una antigua, monótona y monocorde letanía. ¿Podía ser cierto? Se dejó caer de rodillas y apoyó su oído y su cara sobre la hinchada barriga de la fallecida. Cerró los ojos y se concentró como jamás lo había hecho. No esperó mucho, desde dentro del cuerpo de la mujer alguien empujaba para salir al exterior, lo notó clarísimamente en su mejilla. ¡Estaba viva!. La criatura que se estaba formando en el seno de la mujer estaba viva y quería vivir, estaba pidiendo ayuda. No había tiempo que perder. Abrió su roído y calvo zurrón de piel de cabra y extrajo el cuchillo ceremonial que le había dado su madre poco antes de morir. Con este cuchillo, le dijo, te traspaso toda la sabiduría, todo el arte y la ciencia que han recopilado nuestros antepasados desde los orígenes del mundo. El cuchillo era de sílex, pulimentado y en perfecto estado de uso aunque su edad era incalculable. No lo pensó dos veces, aplicó el cuchillo sobre el vientre de la mujer y lo cortó en dos. La verdad era que en estas lides tenía mucha experiencia, no en vano había ayudado a nacer a muchos niños, muchos, tantos que ya ni se acordaba, algunos ya habían muerto de viejos. El corte era limpio, apenas salió un poco de sangre. Mekegale introdujo sus huesudos dedos dentro de la herida y separó ambas partes hasta que vio en el interior al bebé flotando en el líquido de la vida, estaba encogido, como si tuviese mucho frío. Mekegale metió las manos dentro del cuerpo inerte y con toda la suavidad del mundo sacó al exterior al nuevo ser y lo depositó en su regazo. Después cogió el cuchillo y cortó el cordón que lo unía al pasado. A partir de entonces no había más que futuro, un futuro, sin duda, muy distinto al que le esperaba si Kalaa no se hubiese cruzado en su camino.
Mekegale le abrió las piernas para ver el sexo del neonato y vio que era una niña, su niña, esa hija que tanto había deseado y que no había podido tener, y ahora la tenía allí, en su regazo, y nada ni nadie se la arrebatarían, y ella le daría todo lo que una madre puede dar a una hija. Con dulzura la levantó por las piernas y le dio un suave azote en el culo, tras el cual la niña empezó a llorar. Y de repente, como si el llanto hubiese sido una llamada, llegaron desde el oriente nubes negras que cegaron el sol e hicieron un poco más soportable el intenso calor.
La niña era muy pequeña, tenía la piel tan blanca como los dientes del león y el escaso cabello era suave y amarillo como las dunas del desierto que les rodeaban. Parecía perfectamente sana y no se le observaba ningún defecto físico apreciable. Sus ojos estaban cerrados y su boca tras el llanto emitía suaves quejidos.
Mekegale estaba agradecida. Se levantó con la niña entre los brazos, se la acomodó entre las manos y la elevó hacia el cielo a modo de ofrenda a unos dioses que por fin habían escuchado sus plegarias, la letanía surgía de su garganta ahogada por la emoción. De pronto notó humedad en la frente, después en sus brazos. No, no era la niña. Estaba lloviendo, era verdad, estaba lloviendo sobre el desierto, el agua resbalaba sobre su rostro y los surcos de su piel la dirigían hacia el centro de su cuerpo como acequias que llevan el agua a las huertas para regar las cosechas. Bajó a la niña y la recogió en su regazo para que no se mojara. En ese momento, ésta abrió los ojos, y Mekegale se asomó a las dos diminutas ventanas que se acababan de abrir y vio al otro lado el mar, inmenso, eterno, azul, como el cielo del desierto.