
El otro día fui a mi librería habitual con el motivo de comprar un “diccionari de valencià”, pero claro, ese era sólo el motivo oficial, “suboficialmente” no iba a irme de allí sin siquiera dar un repaso a todas las estanterías que habitualmente contienen los libros que suelo comprar.
Me gusta explayarme tranquilamente en las librerías, siempre procuro acudir con mucho tiempo por delante, sin prisas ni agobios (una vez cerraron la librería y yo me quedé dentro, sólo cuando oyeron un ruido en un rincón de la librería se dieron cuenta de mi existencia y amablemente me invitaron a salir a la calle con un “feliz navidad”, era Noche Buena). Nada más entrar apago el móvil, no sea que alguien, fuera quien fuera sería tachado automáticamente de indeseable, viniera a perturbar mi singular éxtasis. Tras cruzar el umbral comienzo el recorrido por la derecha: primero las novedades en valenciano y catalán, sigo con las de castellano, libros de bolsillo, para luego pasar a las secciones de libros especializados, y termino la travesía en la sección de libros de viajes.
Durante el camino tengo el oído desplegado como un radar y procuro enterarme de todo lo que se habla de libros dentro del templo, sobre todo lo que dice Pepa, la dueña de la librería, que con su simpatía y su sapiencia orienta lo mejor que sabe a todo aquél que le pide consejo sobre tal o cual tema o sobre algún escritor (el otro día le hablaba muy muy bien a una mujer sobre Vila Matas, habrá que probarlo), y si algún libro no lo tiene, lo buscará hasta el último lugar donde pueda encontrarse. También me gusta mucho observar a la gente que entra en la librería: los hay que van directamente al mostrador, sacan un papelito y le piden a la librera si tiene el libro cuyo título llevan apuntado, y una vez adquirido el libro o hecha la consulta sin éxito, salen escopetados como alma que lleva el diablo sin mirar a derecha e izquierda, no sea que se caiga algún libro de alguna estantería o salte directamente de la mesa y lo coja del cuello y le diga “¡léeme!”; también están los que entran y van directamente a las mesas expositoras donde se encuentran los best-sellers y libros más vendidos, y como si allí comenzara y terminara la librería, no dan un paso de más y salen a la calle; hay gente que no toca un libro, como si mordieran; otros en cambio se sientan en cualquier esquinita o se apoyan en un pilar y se leen medio libro, a veces pienso que en dos o tres sesiones más como esa, se lo leen todo; también está el lector empedernido al que ves con un brillo especial en los ojos y con la saliva goteándole por el canino superior llevando libros sin parar al mostrador donde, en su rinconcito particular, poco a poco va levantando su torreón de felicidad, y que tras hacer un desembolso considerable, sale ya con un libro abierto en una mano, mientras con la otra sujeta fuertemente la bolsa llena de libros; a veces se ven grupos de adolescentes que pululan entre las estanterías con conocimiento de causa, ¿pero no dicen que no tienen ni puta idea y que no leen?, afortunadamente no son todos y es un gran placer oírlos hablar de tal o cual libro, o de tal o cual autor; los que no tienen desperdicio son la gente mayor, y mucho mejor si necesitan gafas para leer, es toda una experiencia verlos coger un libro, con suavidad, casi con mimo, a continuación le pasan una mano sobre la cubierta, pero no es para quitarle el polvo, porque saben que el libro está limpio, sino para acariciarlo, para comprobar si, tan sólo con tenerlo en las manos, les transmite alguna vibración positiva, enseguida viene el baile de las gafas, primero búsqueda en el bolsillo interno de la chaqueta o en el bolso, se las saca de la funda y se las eleva por encima de la cabeza en dirección a alguna luz para comprobar que estén limpias, y entonces, con suavidad, se las colocan sobre la nariz y con suma delicadeza abren el libro y leen algún párrafo o la contraportada, en ese momento pienso en la cantidad de libros que habrán leído en toda su vida y me entra una envidia sana, lo que daría en esos momentos por que me invitaran a visitar sus bibliotecas; a veces, gratamente, ves a gente que conoces y que desconocías su afición por los libros, también notas en ellos cuando te saludan su alegría de verte en un lugar tan inhóspito para la mayoría del rebaño… En fin, es muy variado el tipo de personas que esporádica o habitualmente se dejan caer por una librería.
Pero no es todo esto lo que yo quería contarles, porque yo quería contarles lo que pasó cuando fui a comprar el “diccionari”, pero como me he extendido demasiado, lo guardo para otro día. Casi mejor, porque así tengo para otra entrada, pues al fin y al cabo, hablar de libros es lo que más me gusta.