13/9/07

EN LA LIBRERIA


El otro día fui a mi librería habitual con el motivo de comprar un “diccionari de valencià”, pero claro, ese era sólo el motivo oficial, “suboficialmente” no iba a irme de allí sin siquiera dar un repaso a todas las estanterías que habitualmente contienen los libros que suelo comprar.
Me gusta explayarme tranquilamente en las librerías, siempre procuro acudir con mucho tiempo por delante, sin prisas ni agobios (una vez cerraron la librería y yo me quedé dentro, sólo cuando oyeron un ruido en un rincón de la librería se dieron cuenta de mi existencia y amablemente me invitaron a salir a la calle con un “feliz navidad”, era Noche Buena). Nada más entrar apago el móvil, no sea que alguien, fuera quien fuera sería tachado automáticamente de indeseable, viniera a perturbar mi singular éxtasis. Tras cruzar el umbral comienzo el recorrido por la derecha: primero las novedades en valenciano y catalán, sigo con las de castellano, libros de bolsillo, para luego pasar a las secciones de libros especializados, y termino la travesía en la sección de libros de viajes.
Durante el camino tengo el oído desplegado como un radar y procuro enterarme de todo lo que se habla de libros dentro del templo, sobre todo lo que dice Pepa, la dueña de la librería, que con su simpatía y su sapiencia orienta lo mejor que sabe a todo aquél que le pide consejo sobre tal o cual tema o sobre algún escritor (el otro día le hablaba muy muy bien a una mujer sobre Vila Matas, habrá que probarlo), y si algún libro no lo tiene, lo buscará hasta el último lugar donde pueda encontrarse. También me gusta mucho observar a la gente que entra en la librería: los hay que van directamente al mostrador, sacan un papelito y le piden a la librera si tiene el libro cuyo título llevan apuntado, y una vez adquirido el libro o hecha la consulta sin éxito, salen escopetados como alma que lleva el diablo sin mirar a derecha e izquierda, no sea que se caiga algún libro de alguna estantería o salte directamente de la mesa y lo coja del cuello y le diga “¡léeme!”; también están los que entran y van directamente a las mesas expositoras donde se encuentran los best-sellers y libros más vendidos, y como si allí comenzara y terminara la librería, no dan un paso de más y salen a la calle; hay gente que no toca un libro, como si mordieran; otros en cambio se sientan en cualquier esquinita o se apoyan en un pilar y se leen medio libro, a veces pienso que en dos o tres sesiones más como esa, se lo leen todo; también está el lector empedernido al que ves con un brillo especial en los ojos y con la saliva goteándole por el canino superior llevando libros sin parar al mostrador donde, en su rinconcito particular, poco a poco va levantando su torreón de felicidad, y que tras hacer un desembolso considerable, sale ya con un libro abierto en una mano, mientras con la otra sujeta fuertemente la bolsa llena de libros; a veces se ven grupos de adolescentes que pululan entre las estanterías con conocimiento de causa, ¿pero no dicen que no tienen ni puta idea y que no leen?, afortunadamente no son todos y es un gran placer oírlos hablar de tal o cual libro, o de tal o cual autor; los que no tienen desperdicio son la gente mayor, y mucho mejor si necesitan gafas para leer, es toda una experiencia verlos coger un libro, con suavidad, casi con mimo, a continuación le pasan una mano sobre la cubierta, pero no es para quitarle el polvo, porque saben que el libro está limpio, sino para acariciarlo, para comprobar si, tan sólo con tenerlo en las manos, les transmite alguna vibración positiva, enseguida viene el baile de las gafas, primero búsqueda en el bolsillo interno de la chaqueta o en el bolso, se las saca de la funda y se las eleva por encima de la cabeza en dirección a alguna luz para comprobar que estén limpias, y entonces, con suavidad, se las colocan sobre la nariz y con suma delicadeza abren el libro y leen algún párrafo o la contraportada, en ese momento pienso en la cantidad de libros que habrán leído en toda su vida y me entra una envidia sana, lo que daría en esos momentos por que me invitaran a visitar sus bibliotecas; a veces, gratamente, ves a gente que conoces y que desconocías su afición por los libros, también notas en ellos cuando te saludan su alegría de verte en un lugar tan inhóspito para la mayoría del rebaño… En fin, es muy variado el tipo de personas que esporádica o habitualmente se dejan caer por una librería.
Pero no es todo esto lo que yo quería contarles, porque yo quería contarles lo que pasó cuando fui a comprar el “diccionari”, pero como me he extendido demasiado, lo guardo para otro día. Casi mejor, porque así tengo para otra entrada, pues al fin y al cabo, hablar de libros es lo que más me gusta.

7 comentarios:

Patri dijo...

Me has recordado a mí. ^_^ El año pasado mi marido me pidió que eligiera un libro para comprármelo. ¡¡Casi no salimos!! Di mil vueltas mirando todos y cada uno de los libros, intentando elegir uno que me gustara... Me encantan los libros, y las librerías. ^_^

Besotesssssssss

RGAlmazán dijo...

Un verdadero placer. Desgraciadamente cada vez hay menos librerías de barrio. Al menos en Madrid. Se han ido sustituyendo por los grandes almacenes de libros: Crisol, Fnaq, La Casa del Libro.
Es también una gozada poder pasearte por estos grandes monstruos de los libros. Sin embargo, los consejos del/la librero/a es insustituible y se está perdiendo.
En los grandes hay simples vendedores que saben de libros lo que les dice un ordenador: si tienen existencias o no.

En fin, has hecho una aproximación estupenda de la gozada que es ir a comprar un libro y los tipos de compradores.

Salud y República

Thalatta dijo...

Es uno de mis mayores placeres vaya donde vaya. Ahora me paso la vida en la Fnac cada vez que voy a la urbe y tengo tiempo, pero echo de menos el olorcillo especial de las librerías de antaño.
Ay si tuviera dinero... qué envidia a esos que pueden comprarse esas torretas ¡y leerlos!
Besoss

enrique dijo...

Cómo te entiendo!!
Los que queremos a los libros y a su contenido parece que tenemos comportamientos muy similares...

rgalmazán, tiene toda la razón. Por lo menos nos queda la librería Fuentetaja en San Bernardo resistiendo tenázmente a especuladores y a la ruina de su edificio.
Y bueno, la casa del libro no está nada mal eh...

Blue Devil's dijo...

Libros... son mi perdición... eso y los comics. Cuando entro en una librería el tiempo se detiene para mí y puedo estar horas vagando por los estantes, lo malo es que nunca me decido y al final acabo llevándome cuatro o cinco.

e-catarsis dijo...

Igualicos nene somos igualicos jajajja
:P

Gambutrol dijo...

Jejejejeje... entiendo tu pasión por los libros. A mí me gusta leer, pero tnto como desconectar el móbil al entrar en una librería... pues a eso no llego. Lo que sí me gusta hacer es olerlos. Me encanta el olor a libro y también acaricio las tapas para notar su tacto.

Te voy a contar un par de manías: 1º) No soporto los libros que tienen tapa dura y encima de ésta otra tapa de papel... ¿para quéhacen eso?. Siempre quito la tapa de papel y cuando lo termino la vuelvo a poner y lo almaceno.

2º) Siempre apunto los errores que encuentro. Si te pillas cualquier libro que haya leído de mi estantería, verás que en la primera página hay una lista tipo: pàg. 238, pag; pàg 125, etc... (CON LÁPIZ SIEMPRE)

3º) NUNCA DOBLO UNA PÁGINA A MODO DE PUNTO. Para eso están los puntos de libro, pero doblar una esquinita de una página.... ES UN ULTRAJE.

4º) No me gusta que me dejen libros. Bueno, si me gusta pero prefiero comprarlos y tenerlos bajo mi propiedad...

Y ya está.